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La línea de los sueños



El silencio de tu respiración cuando duermes profundamente;
tus talones, a salvo de cualquier falla a pesar del terremoto que desencadenas con los tacones;  
la forma de morderte el labio inferior cuando no entiendes algo y no tienes nadie cerca;  
tus andares de bruja sobre las cazuelas, y esa envidiable habilidad para esparcir especias sin que ninguna se quede pegada a tus dedos;  
tus andares, en general, con el marcado acento en los dedos de tus pies, donde cargas el peso,
quizá eso explique lo de los talones, no sé;
que nunca señales con el dedo, como las niñas bien;  
la línea de los sueños, esa que se forma entre el principio de tus costillas y el inicio de tus caderas;
la manera en la que toda la ropa interior se adapta a tu cuerpo como una segunda piel;
el modo en el que abrazas cuando llevas solamente cinco minutos despierta;
el modo en el que muerdes cuando te quedan solamente cinco minutos para dormir;
que nada se te rompa, nunca, jamás, que las cosas no caigan de tus manos al suelo y que no derrames nada, cero;
tu corazón lento que nunca fallará;
tus preciosos gemelos de medallista olímpica en una especialidad aún por inventar;
cómo mantienes la mirada cuando bailas, y el morbo que levantas cuando lo haces;
cómo mantienes la mirada cuando conversas, y abres los ojos mucho y se puede uno reflejar en ellos como en el agua de un lago cuyo contorno se ve pero su fondo ni siquiera se sospecha;  
que no grites.

En fin, todas esas cosas que hacen que te quiera y que quizá no te había dicho jamás,
excepto quizá lo de la ropa interior.  

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